¿Qué lugar queda para las familias con perros en Vigo? Una tarde en Barreiro que deja preguntas incómodas
Entre la convivencia vecinal y la presión institucional: crónica de un atardecer en el Parque de Barreiro
Plataforma: Familias con perros de Barreiro
Vigo, 5 de octubre de 2026
No escribimos estas líneas para cuestionar el trabajo de la Policía Local ni para atribuir a nadie una intención que no podemos probar. Las escribimos porque creemos que los vecinos tenemos derecho a contar lo que vivimos, a pedir explicaciones cuando una actuación pública nos resulta difícil de entender y a defender, por los cauces democráticos y administrativos disponibles, un modelo de ciudad más habitable para las personas y para los animales con los que convivimos.
El domingo 4 de octubre, al atardecer, vivimos una situación que nos dejó una pregunta incómoda: ¿qué lugar queda en Vigo para las familias que convivimos con perros si ni siquiera podemos reunirnos pacíficamente, en un parque vacío y sin causar incidente alguno, sin que esa presencia sea tratada como un problema potencial?
I. Lo ocurrido el domingo
El domingo 4 de octubre de 2026, en torno a las 20:45 horas, nos encontrábamos en la parte trasera del Parque de Barreiro unas diez personas, familias y vecinos de la zona, con nuestros perros. Estábamos sentados en la hierba, contemplando el atardecer, en la zona donde llevamos meses reclamando un área canina digna, suficiente y funcional. En ese momento, el parque estaba prácticamente vacío.
Un vehículo patrulla de la Policía Local de Vigo accedió al parque por los caminos de tierra y se aproximó hasta nuestra posición. Del vehículo descendieron dos agentes, uno de ellos identificado como oficial.
Según escuchamos quienes estábamos presentes, los agentes explicaron que su intervención respondía a una queja vecinal relacionada con tres cuestiones: la presencia de perros sueltos, perros potencialmente peligrosos sin bozal y excrementos sin recoger. También nos trasladaron que la zona quedaría bajo una vigilancia más frecuente y que, aunque aquella tarde no se impondría ninguna sanción, futuras intervenciones podrían derivar en multas que calificaron como graves.
Nos sorprendió esa comunicación por varias razones. Entre los perros que estaban con nosotros no había ninguno clasificado legalmente como potencialmente peligroso (aunque no tendríamos ningún problema en que lo hubiera). Tampoco se nos señaló ninguna conducta concreta relacionada con la falta de recogida de excrementos, y somos un grupo extremadamente riguroso con esta cuestión. Y, durante toda aquella tarde, ni en las semanas, meses o incluso años anteriores, se había producido ningún altercado, conflicto o incidencia con terceras personas.
Uno de nosotros explicó al oficial, de forma directa y respetuosa, que la presencia policial y el contenido de la advertencia nos parecían difíciles de comprender en aquel contexto: un grupo de vecinos sentado en una zona tranquila de un parque vacío, sin incidentes previos y en el mismo espacio donde venimos defendiendo públicamente una alternativa al proyecto municipal de parque canino.
Después de ese intercambio, los agentes solicitaron la identificación de tres de las personas presentes.
II. Un conflicto que viene de lejos
Lo ocurrido no puede separarse del contexto que vivimos desde hace meses en Barreiro. Somos 108 familias las que respaldamos la petición de un parque canino realmente funcional, integrado en el entorno y pensado para el bienestar animal, la convivencia vecinal y la seguridad de todas las personas usuarias del parque.
Hemos cuestionado por los cauces formales el proyecto municipal de la denominada «Área de Lecer Canina na Zona Verde de Barreiro», vinculada al expediente 2442/441. Hemos presentado una propuesta alternativa, hemos formulado alegaciones y recursos, hemos solicitado información y hemos trasladado nuestra posición a los grupos de la oposición municipal. También hemos buscado criterio técnico externo sobre las referencias utilizadas en la memoria del proyecto.
Nuestra discrepancia no es con la existencia de un área canina, sino con un modelo basado en dos recintos cerrados de reducidas dimensiones. Los 1.105 m² corresponden a la superficie bruta conjunta de ambos recintos, sin concretar el proyecto cuánto corresponde a cada uno, y parte de ella estará ocupada por vallados, bancos y pavimentos. La superficie útil para los perros será, por tanto, menor. Consideramos este modelo de espacios compartimentados insuficiente para las necesidades de perros de distintos tamaños, edades y niveles de actividad.
Si el proyecto de Barreiro se ejecuta tal como está diseñado, puede sentar el modelo para una red de microparques caninos de dimensiones similares. El propio Plano General del Concello prevé espacios de apenas 300-380 m²: Ribadavia (365 m²), Atalaia (380 m²), Castelao (331 m²) y O Calvario (363 m²).
No defendemos el abandono de las normas ni un supuesto derecho a hacer cualquier cosa en cualquier lugar. Defendemos una idea mucho más sencilla: si las administraciones exigen responsabilidad a las familias, también deben asumir su responsabilidad de planificar espacios públicos que permitan cumplirla de una manera razonable, segura y compatible con el bienestar animal.
III. Una pregunta legítima
No sabemos cuál fue el origen exacto de la actuación policial. Puede existir una queja vecinal previa, una llamada recibida por los canales ordinarios o cualquier otra circunstancia que desconocemos. Por ello no afirmamos que la intervención respondiese a una orden política ni atribuimos a los agentes una finalidad ajena a sus funciones.
Pero tampoco vamos a renunciar a formular una pregunta legítima.
Cuando un colectivo vecinal mantiene una reivindicación sostenida, presenta recursos, pide explicaciones técnicas, plantea alternativas y logra que su posición sea escuchada por grupos de la oposición, resulta inevitable preguntarse por qué, precisamente en ese contexto, una patrulla acude al anochecer a un parque vacío para advertir a ese mismo grupo de que será objeto de vigilancia y de que puede enfrentarse a sanciones graves en el futuro.
No decimos que exista una instrumentalización política de la Policía Local. Decimos que la sucesión de los hechos genera esa percepción entre quienes los vivimos. Y que una institución democrática no debería conformarse con que la ciudadanía guarde silencio ante una percepción de intimidación: debería aclararla.
La Policía Local cumple una función necesaria. Precisamente por eso debe poder ejercerla con criterios transparentes, objetivos y ajenos a cualquier apariencia de trato desigual o de presión sobre quienes participan en la vida pública de su barrio. La confianza en las instituciones no se exige: se construye. Y se construye explicando, escuchando y diferenciando con claridad entre un problema real de convivencia y el uso ordinario, pacífico y responsable de un espacio común.
IV. La ciudad que queremos
Vigo es la ciudad gallega con mayor número de animales de compañía inscritos en el registro autonómico: 58.886 en 2025. La mayoría son perros; los datos publicados en septiembre situaban su cifra en torno a 48.017 animales registrados.
No hablamos, por tanto, de una realidad marginal ni de una afición minoritaria. Hablamos de decenas de miles de perros y de un número muy elevado de familias que organizamos nuestra vida cotidiana alrededor de ellos: horarios, paseos, cuidados, visitas veterinarias, educación, convivencia y necesidades de ejercicio. No es exagerado afirmar que detrás de casi cada perro hay una familia, una persona sola, una pareja, niños, mayores o vecinos que encuentran también en ese vínculo una fuente de salud, compañía y comunidad.
La Ley 7/2023, de 28 de marzo, de protección de los derechos y el bienestar de los animales, no solo contempla límites y obligaciones. También establece que los ayuntamientos promoverán el acceso a parques y otros espacios públicos de los animales de compañía que no constituyan un riesgo y deberán determinar lugares específicamente habilitados para su esparcimiento, especialmente en el caso de los perros.
Esa previsión legal expresa una idea elemental: la convivencia no puede basarse exclusivamente en prohibir, sancionar o expulsar. Debe basarse también en habilitar, ordenar y ofrecer alternativas reales.
Por eso nos preguntamos qué ocurriría si la advertencia escuchada el domingo se convierte en una práctica habitual. ¿Qué ocurriría si los cerca de 50.000 perros registrados en Vigo, y las decenas de miles de familias que convivimos con ellos, pasamos a ser tratados esencialmente como un problema sancionable por buscar en parques y zonas verdes los espacios que la ciudad todavía no ha sabido proporcionar de forma suficiente?
¿Qué ocurriría si cada paseo, cada encuentro tranquilo al final de la tarde, cada rato de juego controlado o de socialización responsable se convierte en una posible multa? ¿Vamos a normalizar que decenas de miles de personas vivamos pendientes de la llegada de una patrulla, no porque estemos causando un daño, sino porque no existe una red suficiente de espacios públicos adecuados?
Una ciudad que presume de calidad urbana no puede reducir las necesidades de los perros y de sus familias a una sucesión de pequeñas jaulas valladas y zonas de evacuación. Un perro no es una molestia que deba ser escondida ni un objeto que pueda resolverse con un cercado mínimo al margen de la vida cotidiana. Es un animal con necesidades de movimiento, exploración, socialización y bienestar; y es, al mismo tiempo, parte de miles de hogares vigueses.
No queremos una ciudad en la que se nos diga, de manera explícita o implícita: “No estéis aquí, no estéis allí, no os reunáis, no dejéis que los perros corran, no ocupéis el parque, no generéis presencia”. Queremos saber dónde se supone que debemos estar.
Si Vigo aspira a ser una ciudad amable con los animales, no puede limitarse a ser una ciudad que tolera a los perros siempre que permanezcan encerrados, invisibles y alejados de la vida común. Ser una ciudad pet friendly no consiste en instalar infraestructuras mínimas para cumplir un expediente. Consiste en asumir que la convivencia con animales forma parte de la realidad social contemporánea y en diseñar la ciudad de acuerdo con esa realidad.
V. Lo que pedimos
Pedimos una reunión con la Policía Local y con el Concello de Vigo. Queremos escuchar y ser escuchados. Estamos dispuestos a colaborar en un protocolo o decálogo de buenas prácticas para el uso compartido de la zona, con respeto a los vecinos, al entorno, a la limpieza y a la seguridad.
Pedimos que el Concello responda de forma motivada a la alternativa presentada por las familias y revise el proyecto con criterios veterinarios, etológicos y de uso real del espacio, antes de consolidar una solución obsoleta incluso antes de su inauguración.
Y pedimos algo más profundo, aunque debería ser obvio: que Vigo no trate a las familias con perros como un obstáculo urbano, sino como parte de la ciudad. No queremos privilegios. No reclamamos impunidad. Reclamamos convivencia, espacios suficientes y respeto.
Porque un grupo de vecinos sentado con sus perros al atardecer en un parque no debería convertirse en una escena sospechosa. Debería ser, sencillamente, una imagen normal de una ciudad viva.
